martes, 18 de diciembre de 2012

TU ESCUDO DE NOBLEZA Por: Dante Gebel


TU ESCUDO DE NOBLEZA
Por: Dante Gebel


                                                                                 

—Algún día seré un caballero del rey —dice el niño rubio, mientras observa un desfile militar.
—¡Ja, ja, ja! ¿Un caballero? ¡El hijo de un techador quiere ser un caballero! —se burla un vecino algo viejo y molesto por los sueños de un niño demasiado ambicioso— sería más fácil cambiar las estrellas, antes que seas un caballero.
El niño siente la daga del sentido común que lo atraviesa. La lógica dice que él no tiene sangre de nobleza, ya lo dijo el vecino: Es el hijo de un techador, apenas un reparador de goteras.
Sin embargo tiene una esperanza, débil, pero esperanza al fin. Es el boxeador que perdió en cada asalto, pero se juega un round más. Es el corredor que se dobla el tobillo faltando cincuenta metros para la meta, pero se reincorpora otra vez.
—¿Podré algún día cambiar las estrellas? —pregunta a su padre.
—Siempre que quieras, podrás cambiar tu estrella —responde el sabio techador.
El film se titula «Corazón de caballero» y narra la historia de alguien que logró cambiar su destino, trastocó la lógica, se peleó con el sentido común. Debió ser techador, pero prefirió anhelar ser caballero. Se enroló en los combates como si fuese un noble, logró tantas victorias, que para cuando descubren que no tiene sangre de nobleza, ya es demasiado popular, demasiado campeón. Y un rey le otorga el verdadero título al mérito. Un corazón de león que cambia su futuro aunque esté «muerto».
 
Puedes cambiar tu estrella.
—Ustedes pueden impedir que yo sea médico —les dice Patch Adams a toda una comisión de importantes doctores— pueden botarme de la facultad de medicina. Pueden negarme el diploma. Pero yo seré médico en mi corazón. No pueden quebrar mi voluntad, no pueden detener a un huracán. Siempre estaré ahí. Ustedes deben elegir si desean tener un colega... o una espina clavada en el pie.
Los médicos escuchaban aturdidos al aspirante, que en pocos meses, con métodos poco ortodoxos como el humor, o la contención afectiva de los pacientes, había logrado sanar a mucha gente. Otra vez el mismo denominador: No eres noble, eres techador. Pero no se puede quebrar al que está decidido a cambiar su estrella, y Patch Adams, llega a ser uno de los especialistas más reconocidos del mundo, fundando su propio centro asistencial, que luego se extendería a todo el planeta, con una terapia que revolucionaría al doctorado mundial.
¿Quieres oír una historia aun más fascinante? ¿Qué opinas acerca de sentarte en una cómoda butaca de cine y deleitarte con el largometraje que se perdieron de filmar los mejores guionistas de Hollywood? Siéntate y observa.
El hombre espera en la quietud de la celda. Una molesta gotera golpea sobre la áspera piedra. El calor es agobiante y denso, pero a esta altura de las circunstancias, la temperatura es lo que menos importa. Las moscas lo invaden todo sin piedad, pero no tiene sentido espantarlas; al fin y al cabo, pueden llegar a ser la única compañía digna de apreciar. Los demás presos observan al hombre con recelo. Acechan. Para ser honesto, los últimos meses fueron pésimos para el callado prisionero.
Sus hermanos lo odian con todo el alma y le tendieron una trampa; una clásica rencilla familiar que terminó en tragedia, en viejos rencores arraigados.
El hombre es apenas la sombra de aquel muchacho que solía lucir un impecable traje de marca italiana, con un delicado toque de perfume francés. Ahora viste harapos, una suerte de taparrabo. Se comenta en la celda, que está marcado por la desgracia. Pudo haber sido libre, llegó a trabajar como mayordomo para un importante magnate. Pero los comentarios afirman que quiso propasarse con la bellísima mujer del millonario. En su momento, negó la acusación, pero «no pretenderá que creamos que fue ella quien lo acosó sexualmente», opinan.
«Si fuese como él dice, debió haberse acostado con ella», afirma un viejo recluso apodado «el griego», «una noche de lujuria le habrían otorgado su pasaporte a la libertad».
El misterioso hombre sigue recostado sobre una de las paredes sucias de la prisión. Parece que supiera algo que los demás ignoran. Como si tuviese un hábil abogado que apelará su condena, o como si presintiese que la muerte está cerca y le aliviará tanto dolor injusto. Sonríe en silencio, sin alboroto. Técnicamente está muerto, sin esperanza. Pero ya no siente el calor ni le molestan los grilletes. Es como si pudiese ver tras los enmohecidos muros de la celda. Los demás presumen que está al borde de la locura. Pero el hombre espera como aquel que sabe que aún puede cambiar su estrella. Toma la celda como parte del plan, como el último escalón hacia el destino.
Las chirriantes puertas de acero se abren de golpe y dos guardias entran en escena. Buscan al hombre. Unos de los guardias tiene una voz gutural: «Faraón quiere verte, ha tenido un sueño y dicen que tú sabes revelarlos».
El prisionero no se sorprende. Sube los peldaños que lo alejarán para siempre de la celda, en silencio.
Reclusos, observen la espalda de este hombre, contémplenlo mientras se aleja. Si tienen la fortuna de estar vivos, la próxima vez que lo vean, lo encontrarán con vestimenta de rey, lucirá como Faraón. El magnate maldecirá haberlo despedido. La mujer confesará que lo acusó por despecho, injustamente. Y su familia se arrojará ante él, para implorarle misericordia. Los presos lo convertirán en leyenda.
«Yo lo conocí cuando era un don nadie, y se sabía que iba a llegar lejos, siempre lo supe», alardeará y mentirá «el griego».
José gobernará la nación, ocupará el sillón presidencial y administrará los graneros de Egipto. Aprenderá a ganar, experimentará el sabor de la victoria.
 
Puedes cambiar tu estrella.
Solo necesitas seguir entero por dentro, con espíritu inquebrantable. Con corazón de león. Y tomar desprevenidos a los fotógrafos que solo se dedican a observar las primeras figuras. Los comentaristas y las comisiones de ética opinarán que no se explican de dónde pudiste haber salido, no tienes trayectoria, estabas muerto. Ellos esperan que se incendie un ciprés, pero arde la zarza. La lógica sostiene que mueras como un pescador de un remoto Capernaúm, pero sanas enfermos con la sombra. Colocan las cámaras y los móviles de televisión para hacer una gran transmisión satelital desde el palacio, pero el rey decide nacer en un establo.
«Ustedes pueden negarme un diploma del seminario bíblico. Pueden impedir que sea un predicador con credenciales, pero seré predicador en el corazón.
No pueden quebrar mi voluntad, no pueden detener a un huracán. Siempre estaré allí. Ustedes deben elegir, si desean un predicador colega... o una espina clavada en el pie».
Estoy seguro de que los compañeros de secundaria que me apodaron y se burlaban de mi raquítica humanidad, no relacionan a aquel «Muerto» con el hombre de hoy. De hecho, uno de ellos, ya con treinta años de edad, conoció a Cristo en una de mis cruzadas multitudinarias en el estadio River Plate y jamás sospechó que él fue el compañero de banco del predicador de esa noche.
«Conocí a un Gebel en la secundaria», le confesó a su esposa esa misma noche, «se llamaba igual que Dante Gebel, el pastor de los jóvenes, pero aquel era un idiota».
No lo culpes. Cuando no eres popular y te destrozaron la estima, solo se te recuerda al repasar un viejo anuario, en una foto amarillenta. El infeliz del penúltimo banco.
Dos semanas después de aquella cruzada, cuando se dio cuenta que aquel idiota era el mismo que había predicado ante sesenta mil jóvenes y le presentó a Cristo, se sintió como uno de los hermanos de José.
Ahora, detente un momento.
Tal vez no me expresé bien: no te pedí un poco de atención, quiero toda tu atención.
Obsérvame con cuidado.
Techador.
Esclavo.
Acomplejado.
Preso en la oscura celda del complejo.
Sentenciado por el dedo huesudo de un líder sin piedad.
Quiero que entiendas lo que voy a decirte. Cierra tu puño con fuerza porque vas a cambiar tu herencia. Aún me recuerdas a mí cuando tenía quince años; no dije que cerraras un poco la mano, dije: Cierra tu puño con fuerza hasta que casi sientas que puedes clavarte las uñas en la palma. Tengas quince años... o cincuenta.
Nunca olvides estas palabras: tienes corazón de caballero, posees la llama sagrada. La espada del Gran Rey se posa sobre tu hombro derecho y ha de cambiar tu futuro para siempre.
Ahora, escucha las palabras del Rey.
Una por una.
Mastícalas, digiérelas.
Memorízalas para siempre.
Transfórmalas en tu lema, tu escudo de nobleza:
Puedes cambiar tu estrella.
 
Dante Gebel
Adaptado de “El código del Campeón” (Editorial Vida)

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